Sin embargo, pudimos observar la increíble cantidad de responsabilidad y de trabajo que realizaban en la fundación, y como resultado de ello, el estrés y los problemas de salud que enfrentaban. Y de la misma forma en que una semana de visita se alargó a dos, empezamos a preguntarnos (para nuestra sorpresa), “¿podría ser este el ministerio donde debíamos servir? ¿Podría ser que Dios nos llevaba para trabajar con esta pareja, en este orfanato, en Ecuador?”. Para mí, esto fue lo más difícil que tuve que considerar. ¡Después de todo lo que había pasado, Dios me preparó para aceptar a Bogotá como un destino para nuestra familia! ¿Fue todo esto para nada?
Si bien esta pareja hubiera aceptado con gusto nuestra presencia y nuestra ayuda, los fundadores del ministerio reaccionaron a esta posibilidad de la misma manera que muchos de los misioneros que habíamos encontrado en Bogotá. Incluso llegaron a sugerir que regresáramos a casa (a California) y usáramos nuestros recursos para apoyar a los misioneros, en lugar de ser misioneros nosotros mismos.
Fue un momento muy doloroso y confuso, especialmente para los niños y para mí. Mientras que la noticia de nuestro “rechazo” no fue una sorpresa tan grande para Ron (Dios lo había preparado para eso), yo estaba consternada. Había sentido mucha cercanía con esta mujer que se había convertido en mi amiga, y me había enamorado de los niños de la fundación. Había visto a mis hijos comenzar a adaptarse a la cultura latina que encontramos allí, incluso aprendiendo algo de español de sus nuevos amigos. Mientras regresábamos a Bogotá después de un segundo viaje a Ecuador, me preguntaba más que nunca si habíamos hecho todo mal.
Pero Dios no nos dejó en ese lugar. Siempre fiel, una vez más, nos encontró en medio de nuestras preguntas y, a través de Su Palabra y el consejo de algunos amigos de confianza en casa, pronto determinamos que, aunque la puerta de ese ministerio en particular estaba cerrada, Dios todavía podía abrir otras para nosotros en Ecuador. Lo hizo de maneras muy sorprendentes y, pocas semanas después de nuestro regreso a Colombia, Ron estaba de regreso en Quito buscando un lugar para vivir. A finales de octubre, los cuatro estábamos en Ecuador, viviendo en una casa alquilada en el Valle de los Chillos. Aún sin tener idea de lo que Dios había planeado para nosotros, simplemente lo seguimos, por fe, en este próximo capítulo de nuestro viaje. Y una de las primeras sorpresas que tuvo para nosotros fue un pequeño paquete de energía llamada Blanca, ¡quien daría la vuelta a nuestra casa y a nuestra familia!
Colaboración– Sharon Stiff



