Nuestra Historia – Dejad que los niños vengan (Parte 5)

Antes de escribir cada capítulo de nuestra historia con la mayor precisión posible, me estoy dando el tiempo para leer en mis diarios sobre aquellos momentos en particular. Ha sido una experiencia muy interesante revivir tanto las alegrías como el dolor de aquellos días. Con la perspectiva que el tiempo ofrece, y habiendo visto lo que Dios ha hecho en la vida de Ron y en la mía, así como la de todos con quienes nuestras vidas se han cruzado desde esos primeros años, hoy puedo ver esas experiencias de una manera un poco distinta. Con gratitud, lo que comparto ahora con ustedes puede ser filtrado a través de ojos que han visto la fidelidad de Dios.

Esta temporada estuvo llena de desafíos que a veces me hacían cuestionar una vez más si realmente habíamos escuchado a Dios llamándonos a dejar la seguridad y simplicidad de nuestra vida y de nuestro hogar en California. Como lo inferí en el anterior capítulo, éste fue un período de rápido crecimiento para nuestro ministerio – los niños huérfanos y abandonados se iban sumando.

Pero su llegada a nuestro hogar, así como todos los demás aspectos de nuestro trabajo en ese momento (que incluía un club bíblico en el vecindario, la ayuda a una iglesia con dificultades, el discipulado a la gente que Dios traía a nuestras vidas, y la acogida de equipos de varias misiones, especialmente durante el verano)- creó un hazaña de equilibrio entre las responsabilidades del hogar y el ministerio que demandaba el sacrificio de todos nosotros, incluyendo nuestros dos hijos, Emily y Nathan.

Aunque como madre estaba muy consciente de que mi primera prioridad era mi propia familia, la realidad era que en ocasiones mi atención y mis energías estaban divididas al intentar satisfacer sus necesidades, así como las de tres niños quebrantados y también las de aquellas personas que Dios traía a nuestras vidas. Y aunque no siempre lo hice bien, también tuve que aceptar el hecho de que la obediencia a Dios tiene un precio: y cuando este precio afecta a las personas que amamos, todo se vuelve más complicado. Sin embargo, en los momentos donde mi lucha fue mayor, tuve que aferrarme a la certeza de que Dios nos había llamado para esto y que nuestros hijos eran parte de ese llamado. Esta era su obra, y sus buenos propósitos en ella estaban dirigidos para todos los involucrados, incluyendo a ellos. Una de las maneras en las que Dios nos dio ánimo tanto a Ron como a mí durante ese tiempo fue a través de las palabras de Oswald Chambers en su libro En Pos de lo Supremo (un devocional que ha jugado un papel importante en nuestras vidas): “Si obedecemos a Dios, les costará a otras personas más de lo que nos cuesta a nosotros, y es ahí donde comienza el dolor … Podemos desobedecer a Dios si así lo elegimos, y traerá alivio inmediato a la situación, pero entristecerá a nuestro Señor. Sin embargo, si obedecemos a Dios, Él cuidará de aquellos que han sufrido las consecuencias de nuestra obediencia. Simplemente debemos obedecerle y dejarle todas las consecuencias a él. Ten cuidado con esa inclinación a dictarle a Dios que consecuencias le permitirías como condición de tu obediencia a Él “. El tiempo ha demostrado que esto es cierto, ya que a pesar de los sacrificios que ellos tuvieron que realizar y los errores que nosotros como padres cometimos a lo largo del camino, hoy en día nuestros dos hijos son amantes de Cristo y están involucrados en Su ministerio. Dios ha sido fiel y muy amable con todos nosotros.

Pero en aquel entonces, no teníamos la sabiduría que solo la experiencia te brinda, y con nuestro propio hogar y vidas llenas de lo que nosotros creíamos eran suficientes desafíos, nos sentíamos mucho más capaces de administrar una fundación dedicada al cuidado de niños huérfanos y abandonados, que de realizar el arduo trabajo de criarlos nosotros mismos.

Con esto en mente, y con nuestra propia casa terminada y “llena”, iniciamos la construcción de las casitas que estaban destinadas a albergar a las parejas ecuatorianas que Dios proveería para la crianza real de los niños que estábamos seguros de que Él traería. En un par de años esas parejas, junto con sus propios hijos pequeños, se unieron a nosotros en la propiedad y, efectivamente, Dios comenzó a traer algunos de los niños huérfanos y abandonados de Ecuador a nuestra puerta. En el transcurso de un año, niños de dos familias distintas, once en total, se unieron a nosotros y los distribuimos entre las dos casitas.

Y durante el año y medio que siguió, las cosas parecían ir bien. Los chicos estaban en la escuela (una escuela cristiana local) y parecían estar adaptándose bien a sus nuevos “padres” y hermanos(as). Estábamos seguros de estar encaminados a ver el maravilloso plan de Dios para estos y muchos más niños que estaban tomando vuelo. Y luego, casi de la noche a la mañana, todos nuestros mejores planes se derrumbaron.

Mi deseo al contar nuestra historia, es glorificar a Dios y demostrar cómo Él actuaba en medio de las circunstancias alegres y difíciles, no para deshonrar o avergonzar a aquellos a través de los cuales pudieron haber surgido algunas de esas dificultades. Por esa razón, los detalles de lo que sucedió, al menos en este contexto, descansarán a Sus pies. Basta con decir que todos nosotros, Ron, yo misma, y todas las personas que Dios ha traído a nuestro lado a lo largo de los años, somos seres humanos que luchamos con el pecado y, a veces, ese pecado crea desafíos que no se pueden superar simplemente perdonando y olvidando. A veces se requiere disciplina, y en este caso en particular, cuando se tomaron decisiones que no creíamos que eran para el mejor interés de los niños que Dios nos había llamado a rescatar, tuvimos que tomar algunas decisiones muy difíciles. Determinamos que las parejas que criaban a los niños no estaban en un lugar saludable en cuanto a sus propios matrimonios y dinámicas familiares y, por lo tanto, no estaban en una posición en la que realmente podrían ayudar a estos nuevos niños. Esa decisión se tomó con mucho consejo y oración y, creemos fue manejada con gracia y amor para todos los involucrados. Pero la conclusión fue que necesitábamos traer a los niños a nuestro hogar. Y así, dentro de pocos días, nueve de estos niños, de entre 5 a 12 años, vinieron a vivir con nosotros. Casi al mismo tiempo, Lorena nos dejó (también como consecuencia de decisiones poco saludables), y con Nathan viviendo con amigos de nuestra familia en California, esto nos sumó a catorce personas viviendo en nuestra casa. Lo que parecía ser una casa enorme cuando nos mudamos por primera vez, de repente estaba llena de gente y ruido.

Es casi imposible acoplar en unos pocos párrafos el periodo de adaptación y ajustes que siguieron. Aunque estábamos absolutamente seguros de que Dios había traído a estos niños a nuestro hogar (evidenciado por el hecho milagroso de que cuando Ron lo sugirió como nuestra única opción, pude responder sinceramente, “Por supuesto que deben venir”), no fue de ninguna manera algo sencillo. Unir a seis familias diferentes bajo un mismo techo, todas con su propia historia y carga, no fue una tarea fácil. Estos niños habían atravesado mucho, y esto fue solo un alboroto más en toda una vida de inestabilidad, hubo tantos sentimientos provocados por este nuevo cambio que se les dificultaba sentirse seguros y estables en este nuevo “hogar” – ¡especialmente con padres gringos que no tenían una idea real de lo que estaban haciendo! Pero poco a poco, esta mezcla de mini culturas fue integrada con la gracia de Dios y fue convirtiéndose en algo que verdaderamente se parecía a una “familia”. Sin embargo, incluso mientras se producía esa fusión, cada vez nos quedaba más claro que la educación que los niños estaban recibiendo no era en absoluto lo que sabíamos que necesitarían si iban a tener alguna esperanza de romper los patrones establecidos en sus antecedentes familiares altamente disfuncionales. Junto con los límites constituidos por la sociedad en la que vivían sobre lo lejos que podrían llegar en la vida, las probabilidades estaban en su contra. Queríamos mucho más para ellos. Y así comenzó una nueva etapa en nuestras vidas y que nunca había estado en nuestro radar: comenzar una escuela.

COLABORACIÓN: SHARON STIFF.
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