También nos dijeron que nunca dejáramos que nuestros niños salgan solos de los patios de la casa de huéspedes (protegida por guardias armados), ya que los hijos de extranjeros también eran un blanco común de secuestro. Entonces, mientras me sentía segura dentro de las paredes, afuera siempre había una sensación de precaución y una gran conciencia de lo que estaba sucediendo a mi alrededor. Recuerdo las palabras de una misionera que conocimos mientras estábamos allí cuando le expresé mi sentir. Ella dijo, (citando a Corrie Ten Boom, sobreviviente de un campo de concentración de la Segunda Guerra Mundial) “el lugar más seguro para estar es en el centro de la voluntad de Dios”. Como sabía que habíamos caminado bajo la guía de Dios, estaba segura de que Él nos protegía, pero aun así fue un momento extraño, especialmente para mí como madre, ¡preguntándome en qué nos habían metido Dios (y Ron)! Si Dios realmente lo hizo, necesitábamos descubrir cuáles eran sus propósitos al ponernos en esta situación.
Debido a que éramos nuevos en el “campo misionero” y teníamos limitada experiencia y conocimiento del idioma, sabíamos que sería necesario recibir ayuda para establecernos. Por esa razón, empezamos a visitar diferentes ministerios que trabajaban con niños de la calle y huérfanos en la ciudad. Nuestro deseo era aprender todo lo que pudiéramos de las obras existentes con niños o encontrar un ministerio establecido del cual pudiéramos formar parte.
Visitamos varios, desde aquellos orientados a encontrar hogares adoptivos para bebés abandonados hasta hogares de grupos más grandes para niños que habían perdido a sus padres o que fueron retirados de sus casas porque estaban en riesgo. Aunque algunos de estos ministerios parecían interesados en nuestro apoyo, fue una sorpresa descubrir que muchas de esas puertas estaban cerradas, no porque no existiera necesidad de ayuda, sino porque la gente a cargo de esos ministerios no la quería. Tal vez fueron nuestras edades (teníamos 39 y 42 años entonces, muy por sobre la edad óptima para misioneros principiantes), o el hecho de que teníamos hijos, o tal vez fue nuestra falta de experiencia.
Colaboración– Sharon Stiff



