Nuestra Historia – Llegadas y Partidas (Parte 6)

Durante los próximos años, luego de la llegada de los nueve nuevos niños a nuestro hogar, nuestras vidas y ministerio fueron marcados por numerosos desafíos y cambios que incluyeron la llegada y partida, no sólo de más niños, sino también de varias personas que llegaron a ministrar a nuestro lado. Sin embargo, como Dios nos ha mostrado una y otra vez, nuestros planes y los de Él son a veces muy distintos. Durante esta temporada, la escuela fue sólo el primero de varios ejemplos de los planes de Dios prevaleciendo sobre los nuestros.

En septiembre de 2003, llegamos a la conclusión que teníamos que hacer algo diferente si queríamos que los niños recibieran el tipo de educación que creíamos que necesitaban; por tal razón, contratamos a una pareja de jubilados que asistían a nuestra iglesia para que dieran clases a los once pequeños que vivían con nosotros, mientras tanto yo seguía educando a Emily en casa. La más pequeña de las casitas de nuestra propiedad (donde ahora se encuentra el edificio de Secundaria) se convirtió en nuestra “escuela en casa”, allí los niños comenzaron a aprender en un entorno que les permitía avanzar a su propio ritmo, utilizando lo que era básicamente el plan de estudios nacional, y yo impartiendo las clases inglés. No era lo ideal, pero estábamos seguros de que era mejor que lo que habían estado recibiendo en su anterior escuela. Así continuaron durante todo un año lectivo y tuvimos cierto éxito, pero, aunque esta pareja nos había ayudado en este cambio, a largo plazo no era lo óptimo. No obstante, Dios ya tenía un plan en marcha.

Un par de años antes, cuando nuestro hijo Nathan aún vivía con nosotros y tenía dificultades en Física, habíamos contratado a un profesor llamado Mario Vallejo para que le diera clases particulares. Entonces, cuando nos encontramos con la necesidad de nuevos maestros para nuestros hijos, fue ahí donde buscamos ayuda una vez más.

Y así es como Mario y su esposa Mónica Neacato llegaron a formar parte de Montebello. Como muchos de ustedes saben, Mario ahora es el rector de la institución, al igual que el coordinador de la sección Secundaria, y Mónica ha sido nuestra profesora de Inglés de “Elementary A” desde que Montebello se convirtió en una escuela oficial en nuestra casa de huéspedes, donde ahora se encuentran las oficinas administrativas. Pero su primer “trabajo” fue dar clases particulares a nuestros once hijos, y fueron una respuesta increíble a la oración.

Después de enseñar en la pequeña “escuela de una sola aula” durante un año, Mario, Mónica y sus estudiantes se trasladaron a la casa de huéspedes donde impartieron clases los siguientes años.

Sin embargo, la escuela no era la único que manejábamos en aquel entonces. También hospedábamos a equipos misioneros muy a menudo, especialmente durante el verano, también a pasantes universitarios que vivirían con nosotros de nueve meses a un año. ¡Me ayudaron con varias cosas básicas en la casa, pero aun así debía cocinar MUCHO! Hacer las compras semanales para 14 personas fue siempre una aventura, las miradas que recibíamos al cargar por lo menos dos de los grandes coches del Megamaxi cada semana eran divertidas. ¡Imaginen cómo sería cuando teníamos grupos de verano de entre 15 a 25! ¡La línea de coches en la caja llamaban la atención de los clientes en toda la tienda!

En las semanas siguientes pasamos muchas horas en la cocina preparando comida para las multitudes, por supuesto que siempre les hacía lavar los platos, ¡eso es lo que menos me gustaba hacer! Sin embargo, en medio de uno de esos veranos ocupados, el 30 de julio de 2004, sólo unos días antes de la llegada de nuestro siguiente equipo, y mientras Ron estaba en el Oriente descansando un poco, pasó algo que dio la vuelta a nuestros planes. ¡Las cosas más importantes siempre parecían suceder cuando él no estaba! Regresando a casa después de un estudio bíblico esa noche, justo después del atardecer, estaba rebasando cuidadosamente a un autobús que se detuvo para dejar a los pasajeros, cuando un niño corrió directamente hacia la vía por donde estaba pasando con mi Landcruiser. Aunque no iba muy rápido, no tuve tiempo para detenerme; tristemente, atropellé a este pobre niño que vivía al otro lado de la calle y jugaba sin supervisión, pero había cruzado al otro lado por alguna razón.

Es una larga historia, y no voy a entrar en todos los detalles ahora, pero lo más importante es que el niño se recuperó, a pesar de requerir cirugía, y por supuesto nosotros pagamos por su pierna rota y algunas lesiones internas. Ron pasó tiempo con él en el hospital, incluso le llevó el Nintendo de Emily como regalo para entretenerlo allí, y pudo asegurarse de que recibiera la atención que necesitaba. En cuanto a mí, pasé la semana siguiente en la cárcel. Una vez más, los detalles de lo que sucedió requieren más espacio del que tengo para compartirles, pero lo que puedo decir es que los alojamientos no eran específicamente cómodos. Estaba en una habitación de 3×4 metros compartida con varias mujeres, (de 2 a 6, la cantidad variaba) donde había un juego de literas y un colchón doble, un gran escritorio de oficina metálico que particularmente lo usaba para subir a mi litera superior, y un solo baño. A diferencia de las penitenciarías de los Estados Unidos, donde se provee alimentación y los requerimientos básicos, la comida es llevada a los “reclusos” (así como artículos de cama, aseo personal, toallas – casi todo). Pero a pesar del ambiente menos cómodo y las molestias para quienes desde casa tenían que hacer viajes diarios a Quito para suplir mis necesidades, fue una experiencia que no cambiaría por nada. Mientras estuve allí, pude ministrar a las varias mujeres que terminaron en la celda conmigo, ya sea por una noche o por el tiempo que estuve allí. Estas damas se volvieron tan queridas para mí mientras sanaba heridas, oraba, compartía la palabra de Dios y alentaba en la forma que podía. Lo crean o no, cuando finalmente llegó el día en que me dejaron ir y regresar a casa, ¡realmente lloré! La salida fue más dura que la llegada.

Durante ese mismo período de tiempo, una de nuestras hijas, Martha, también pasó por un momento de mucho miedo. Un día, mientras sufría de lo que creíamos era un resfrío fuerte, nos dimos cuenta de que sus labios y uñas se estaban poniendo de un tono azul.

Un viaje al hospital reveló un defecto cardíaco congénito que requería cirugía a corazón abierto. La parte más difícil para mí como su mamá (estaba tan enamorada de esta niña tan cariñosa y siempre decía: “¡Si ella pudiera meterse dentro de tu piel para acercarse más, lo haría!) fue que, para conseguir la ayuda que necesitábamos de una fundación ecuatoriana local para pagar la cirugía, tuvimos que quedarnos en segundo plano, sin dejar que nos vieran como sus “padres”.

La triste realidad es que hay un estigma asociado con ser norteamericano en un país en desarrollo. Todos somos vistos como “ricos”, aunque sea cierto o no. Dado que no teníamos los recursos para cubrir el costo de esta complicada cirugía, tuvimos que permitir que otros intervinieran y trabajaran en el proceso por nosotros. Todavía recuerdo haber estallado en lágrimas cuando recibí la llamada de que la cirugía había salido bien. Aún estaba llorando cuando fui a reportar las noticias al resto de la familia y al principio, creyeron que algo había salido mal. Tuve que reponerme de mi llanto para poder decir que ella estaría bien. Pronto, Martha estaba en casa y todo estaba bien con nuestro mundo una vez más.

En los siguientes dos años, se dieron más llegadas y partidas en Montebello. Una de ellas fue una pareja, amigos de nuestro país de origen, que vinieron a Ecuador con su hijo pequeño, habiendo sentido un “llamado” para cuidar de otros niños que Dios traería junto a nosotros. Bueno, Dios trajo a más pequeños Geanella, Valeria y Tony, pero por razones que son demasiado difíciles de explicar, esta pareja no pudo quedarse. Aunque ellos han continuado en el ministerio relacionado a misiones, eso no iba a suceder aquí con nosotros. Y así, estos tres niños se unieron a nuestro hogar, sumando a un total de catorce niños (Boris ya se había marchado para ese momento). La oficina de Ron se trasladó de nuestra casa a la de huéspedes, mientras hacíamos espacio para tres niños más. Fue un tiempo retador, puesto en ese punto, varios de los niños mayores estaban entrando en la adolescencia. Si fue difícil tratar con tres adolescentes, ¿qué tal siete? ¡Y eso fue sólo el principio!

Poco después de la partida de esta pareja, otros viejos amigos de California (un ex pastor nuestro y su esposa) se nos unieron en el lugar, trayendo a su ministerio de entrenamiento para jóvenes con mentalidad misionera. Durante el año siguiente, más o menos, trabajamos muy duro para combinar nuestras dos visiones ministeriales, buscando maneras de unir lo que ellos estaban haciendo con lo que nosotros habíamos sido llamados a hacer, en particular con nuestro grupo de pasantes. Pero al final, simplemente no funcionó; nuestras visiones eran demasiado diferentes. Así como varias de nuestras “buenas ideas”, esa no era precisamente una “idea de Dios”, y una vez más, Él empezó a empujarnos en una dirección que aún no podíamos ver o entender. Afortunadamente, seguimos siendo muy buenos amigos de ambas parejas, y una de ellas tiene un importante ministerio aquí en Ecuador (curiosamente muy diferente a lo que pensaban que habían venido a hacer aquí).

Sin embargo, algo muy interesante había surgido en Montebello como resultado del trabajo que hicieron estas parejas con nosotros, aun en ese tiempo breve. El esposo de la primera pareja, un hombre involucrado en planificación urbana en Estados Unidos, nos ayudó a diseñar una gran infraestructura con aulas, dormitorios y baños, destinados a albergar a los estudiantes de la escuela de formación misionera que esperábamos crear junto a la segunda pareja. Pero ahora toda esta gente se había ido, y con ellos, esa visión. Nos quedamos con un edificio incompleto y sin una idea de lo que íbamos a hacer con él. Durante ese mismo tiempo, la economía de los Estados Unidos había sufrido una recesión, y el apoyo para nuestro trabajo en Ecuador se vio reducido significativamente, por lo que los fondos para su finalización no llegaban. Nos preguntábamos, ¿qué rayos podría tener Dios en mente?

COLABORACIÓN: SHARON STIFF.
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