Esta temporada estuvo llena de desafíos que a veces me hacían cuestionar una vez más si realmente habíamos escuchado a Dios llamándonos a dejar la seguridad y simplicidad de nuestra vida y de nuestro hogar en California. Como lo inferí en el anterior capítulo, éste fue un período de rápido crecimiento para nuestro ministerio – los niños huérfanos y abandonados se iban sumando.
Pero su llegada a nuestro hogar, así como todos los demás aspectos de nuestro trabajo en ese momento (que incluía un club bíblico en el vecindario, la ayuda a una iglesia con dificultades, el discipulado a la gente que Dios traía a nuestras vidas, y la acogida de equipos de varias misiones, especialmente durante el verano)- creó un hazaña de equilibrio entre las responsabilidades del hogar y el ministerio que demandaba el sacrificio de todos nosotros, incluyendo nuestros dos hijos, Emily y Nathan.
Pero en aquel entonces, no teníamos la sabiduría que solo la experiencia te brinda, y con nuestro propio hogar y vidas llenas de lo que nosotros creíamos eran suficientes desafíos, nos sentíamos mucho más capaces de administrar una fundación dedicada al cuidado de niños huérfanos y abandonados, que de realizar el arduo trabajo de criarlos nosotros mismos.
Mi deseo al contar nuestra historia, es glorificar a Dios y demostrar cómo Él actuaba en medio de las circunstancias alegres y difíciles, no para deshonrar o avergonzar a aquellos a través de los cuales pudieron haber surgido algunas de esas dificultades. Por esa razón, los detalles de lo que sucedió, al menos en este contexto, descansarán a Sus pies. Basta con decir que todos nosotros, Ron, yo misma, y todas las personas que Dios ha traído a nuestro lado a lo largo de los años, somos seres humanos que luchamos con el pecado y, a veces, ese pecado crea desafíos que no se pueden superar simplemente perdonando y olvidando. A veces se requiere disciplina, y en este caso en particular, cuando se tomaron decisiones que no creíamos que eran para el mejor interés de los niños que Dios nos había llamado a rescatar, tuvimos que tomar algunas decisiones muy difíciles. Determinamos que las parejas que criaban a los niños no estaban en un lugar saludable en cuanto a sus propios matrimonios y dinámicas familiares y, por lo tanto, no estaban en una posición en la que realmente podrían ayudar a estos nuevos niños. Esa decisión se tomó con mucho consejo y oración y, creemos fue manejada con gracia y amor para todos los involucrados. Pero la conclusión fue que necesitábamos traer a los niños a nuestro hogar. Y así, dentro de pocos días, nueve de estos niños, de entre 5 a 12 años, vinieron a vivir con nosotros. Casi al mismo tiempo, Lorena nos dejó (también como consecuencia de decisiones poco saludables), y con Nathan viviendo con amigos de nuestra familia en California, esto nos sumó a catorce personas viviendo en nuestra casa. Lo que parecía ser una casa enorme cuando nos mudamos por primera vez, de repente estaba llena de gente y ruido.
Colaboración– Sharon Stiff



